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UNA VIDA AZAROSA

Felipe Benítez Reyes, El azar y viceversa. Barcelona, Destino, 2016.

María Bueno Martínez
 
Cuando estaba leyendo las últimas páginas de la última novela de Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960), El azar y viceversa (Destino, 2016), el autor publicó en su blog un texto –“El mar”- donde nos recordaba algunos textos en los que el mar ha sido un referente literario. Este texto es complementario a la novela porque el mar es uno de los personajes de la misma: el mar de Rota, el mar de Cádiz, pero el más persistente es el mar paterno, un mar narrado: “Mi padre se distraía en revelarme los secretos a voces de la mar” (p- 17).

Hace bastante ya, no recuerdo por qué, pero le comenté a un amigo que el libro que yo me llevaría a una isla desierta sería un diccionario; lo que desconcertó a mi amigo. Después de leer esta novela ya tengo un “precedente judicial-literario”. Antonio Jesús Escribano Rangel, narrador de la historia, al sumergirnos en la travesía de su vida cuenta con un instrumento de navegación peculiar: el diccionario de Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española (1611) y nos regala una narración extraordinaria.

Y si recuerdo esta anécdota es porque la tercera acepción del sustantivo “azar” en otro diccionario, el de la Real Academia Española, nos recuerda que en los juegos de naipes o de dados, azar es la carta o el dado con el que se pierde la partida. Y este carta le tocó pronto al padre del narrador –destino al que todos estamos abocados-, lo que le lleva a reflexionar en la primeras páginas de la novela: “Afortunados, en fin, quienes pueden recordar a sus progenitores como unos viejecillos que se despidieron poco a poco de la vida, porque en esa nostalgia habrá al menos un método, aunque es posible que no menos dolor” (p. 16).

Sus recuerdos estarán marcados por ese universo marítimo paterno: “Muchos domingos nos íbamos a la playa, nos sentábamos en la arena seca o en los bloques del muelle, entre los pescadores de caña de bambú, y me ilustraba sobre cosas invisibles, ocultas bajo la superficie del agua o diluidas en la bruma de la historia de la humanidad” (p.17). Sobre esta base nos iremos encontrando con  las diferentes identidades del protagonista, que están simbolizadas por el cambio de su nombre: Antoñito, el Rányer, Padilla, Jesús, Toni.

Aunque para esta lectura me interesa sobre todo su última identidad, la de un hombre felizmente casado, con hijos y que es el titular de una administración de lotería.

Ya desde el título nos encontramos con la importancia que tendrá el azar en la vida del protagonista que, casi siempre, se mueve en los márgenes. Su gran suerte consistirá en salir indemne de las diferentes situaciones que tendrá que afrontar hasta conocer la tranquilidad final.

La primera referencia relacionada, en concreto con la lotería, aparece en la página 84, cuando el narrador recuerda al padre de uno de sus compañeros de estudio:

“Su padre, que regentaba una administración de lotería, estaba acostumbrado como pocos a las veleidades del azar, precisamente por vender azares, aunque no se resignaba al hijo que el azar le había dado y se desesperaba cada vez que recibía el boletín de calificaciones del joven anarquista, con su catarata estruendosa de suspensos”.

Esta narración es un camino de ida y vuelta para el protagonista y en su regreso, el narrador compara su estado de ánimo con el de alguien a quien le toca la lotería: “Sin otra compañía que un mapa de carreteras, aunque más tranquilo y dichoso que un fadista feo al que de repente le tocase la lotería, se echase de novia a Miss Venezuela y se le pusiera espontáneamente el pelo rubio” (p. 402).

El reverso que siempre acompaña a la suerte lo podemos constatar cuando nos cuenta que a uno de sus contactos de su época gaditana le toca un segundo premio de la Lotería del Sorteo Extraordinario de El Niño, pero le diagnostican, a la vez, diabetes.

La venta de lotería también es una salida para sacar un sobresueldo: “Aquellas tareas solían complementarlas con la reventa de entrada para los toros si era temporada, con la venta ambulante de lotería” (p. 421). Una de las actividades más habitual de la economía subterránea, aunque se ha convertido también en una de las formas más cómodas de blanquear el dinero negro. Los corruptos y delincuentes son los más afortunados en este mundo, les toca la lotería un día sí y otro también.

Al conocido refrán “afortunado en el juego, desgraciado en amores”, el narrador le da la vuelta y su suerte procede del amor:

“Nada más casarnos, […] se dedicó a comparme la ropa. Hasta entonces, yo me tenía por un tipo elegante y a un tris del dandismo, pero ella se encargó de desengañarme: <<Vistes como si te hubiera tocado la lotería y aún no hubieras podido ir a cobrar el premio>>” (p. 481).

Será su mujer la que le ayudará a tener su propio negocio:

“En cuanto a mi empeño de buscar una fuente de ingresos propia, […]  acabó cediendo y me avaló un préstamo para hacerme con la administración de lotería […] Aquella administración contaba con el prestigio extraño de no haber dado ni un solo premio de importancia en sus más de setenta años de existencia, lo que, con arreglo al código esotérico que rige las supersticiones de los jugadores, significaba que era una administración candidata a dar el día menos pensado un campanazo. Me convertí así en médium entre los humanos y la chamba, aunque para no desatender del todo mis obligaciones domésticas mantuve en la administración a doña Nati, que, desde hacía más de treinta años, despachaba los décimos a los embrujados por el cálculo de probabilidades” (p. 488).

En el que participa poco:

“La administración de lotería, por su parte, seguía su curso normal, por aquello de que la fe en el genio de la lámpara es lo último que solemos perder, y además casi no tenía que aparecer yo por allí, ya que doña Nati se bastaba para manejar aquel extraño negocio de ilusiones numerales” (p.496).

No nos debe extrañar esta relación entre Cádiz y la lotería: aunque la lotería llegó a España en 1763 de la mano de Carlos III, a propuesta del marqués de Esquilache, que trasladó a estas tierras una tradición napolitana, parecida a nuestra actual “Lotería Primitiva”, será en Cádiz cuando a finales de 1811 se creará la lotería moderna o de billetes como una medida para aumentar los fondos de la Hacienda Pública, resentida por la Guerra de la Independencia. El proyecto se presentó en las Cortes de Cádiz y cuyo precedente estaba en la lotería que se celebraba en Nueva España, actual México desde 1771 -el escritor Graham Greene sitúa su relato “El billete de lotería” en México-.  El primer sorteo tuvo lugar el 4 de marzo de 1812, quince días antes de que se proclamara la primera Constitución de nuestra historia; en un principio estuvo circunscrita solo a Cádiz y San Fernando, pasando después a Ceuta y conforme avanzaba la retirada de las tropas napoleónicas se irá extendiendo su venta, primero a Andalucía y después por toda España. El primer sorteo en Madrid, tuvo lugar el 28 de febrero de 1814.

Los dos sorteos en los que participa más gente son los de “Navidad” y el de “El Niño”.

El primer sorteo celebrado en Navidad tuvo lugar el 18 de diciembre de 1812 también en Cádiz y el primer “Gordo” fue para el número 03.604. El precio del billete fue de 40 reales y el premio de 8000 pesos fuertes. La primera vez que el sorteo recibió el nombre de Sorteo de Navidad fue el 23 de diciembre de 1892. Actualmente es el único sorteo que se celebra por el sistema tradicional, un bombo para los números y otro para los premios. Los demás sorteos se celebran por el sistema de bombos múltiples. El sorteo de Navidad se realiza el 22 de diciembre, que siempre se ha considerado como el inicio de las fiestas navideñas.

Nuestro primer premio grande fue el tercero del Sorteo Extraordinario de Navidad del año 1999 y el número agraciado el 18.417.

En cuanto al sorteo Extraordinario de El Niño, según el investigador Gabriel Medina Víchez, la granadina María del Carmen Hernández y Espinosa de los Monteros, duquesa de Santoña, pudo ser la precursora de este sorteo con la “Rifa Nacional del Niño”, ya que en 1877, el rey Alfonso XII, le eximió de pagar el 4 % que por aquel momento pagaban a Hacienda todas las rifas, ahora nos penalizan con el 20 % a los premios superiores a 2.500 €. Desde 1941, queda institucionalizado como sorteo y desde 1966 con su denominación actual de “El Niño”. Hasta 1999 el sorteo se celebraba el 5 de enero, que a partir del año 2.000 se celebra el 6 de enero.

Mientras esperáis que las ilusiones numerales de las que habla el protagonista os alegren la vida, nada más recomendable que perderse por la magia de las palabras de esta novela de Felipe Benítez Reyes.

Volviendo al inicio de esta reseña, uno de los autores a los que se refería Felipe Benitez al hablar del mar como referente literario era Julio Verne, que también escribió una novela con la lotería como tema literario, con el título El billete de lotería. El número 09.672, sobre el que hablaré en una próxima entrada.

 

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